La más estúpida de las guerras.

En las guerras tal y como las conocemos muere gente. Es prácticamente inconcebible que nadie muera en una guerra. Soldados, hombres, mujeres, niños, ancianos, ocasionalmente algún que otro mandatario…
Se libran guerras por territorios, por petróleo, por dinero, por religión, guerras que se inician por la locura de algunos lo suficientemente carismáticos como para que cuatro locos les sigan.
Son tantos los motivos por los que se inicia una guerra como guerras han habido, y tantas han habido como motivos para que no existan.

Pero desde que el mundo es mundo se libra una guerra que aún no ha conocido su fin. La más estúpida de todas. Una guerra sin muertos aunque no menos cruenta.
La guerra de sexos.

Por las noches suelo pasear a mi perro, aprovechando la ocasión para meterme un ratito en el bar.
Tópico, pensaréis. Sí, cierto, es tópico. Como tópico es lo que encuentro una noche tras otra en el local que frecuento: Una parroquia fija de, quasi-alcohólicos, amargados y divorciados.
Si cada vez que he oído lo malas que son las mujeres, lo putas que son, lo libres que se sienten los ex-maridos por no tener que aguantar más a las focas de sus ex-mujeres me dieran un euro, posiblemente no me haría falta un blog. Escribiría mis pajas mentales en La Vanguardia porque me habría comprado la redacción con personal y todo, de lo podrido de pasta que estaría.
Os digo en serio que casi me he llegado a pelear con alguno que no se creía que, teniendo pareja, una hija y un perro, entro y salgo de casa cuando me place, habiéndome llegado a llamar fantasma, mentiroso y vacilón.

Tópico, no? Pues si.

El mundo está lleno de estos machos de boquilla, sultanes a tiempo parcial que durante la partida de dominó y el carajillo ponen a parir a las mujeres y se las dan de macho alfa, pecho henchido cual urogallos en celo. Pero al llegar a casa… ay! Se han de enfrentar a la realidad, la de la mujer que no ha dado un palo al agua desde el mismo día de su boda, amparándose en la ley (no escrita) según la cual el hombre se desgañita a trabajar y la mujer sólo debe ocuparse de tener la casita cuca, hacer la comidita, sonarles los mocos a los críos y abrir las patas en día 31 que cae la morterada, que como precavida hormiguita, administrará el resto del mes para evitar que el gañán de su marido se lo gaste en vino y putas (actividades para las cuales se crearon las salvadoras horas extras).

Tópico, eh? Si, si.

Pero…

Esos tiempos han quedado atrás. Los sueldos ya no llegan para vivir, las horas extras ya no existen (son horas que altruístamente el trabajador dedica a la empresa, en agradecimiento por sacarle del pozo del desempleo), ergo no se cobran. Así que (tachán!) la mujer trabaja.
Y ahí es donde la cosa se complica.
La mujer debe trabajar para aportar en casa unos ingresos sin los cuales sería imposible pagar una hipoteca (y un coche de tres millones, un ordenador, un curso de informática para saber cómo coño funciona este trasto del infierno, un dvd, un televisor de plasta, y un microondas full equip).

En eso nos encontramos ante un abismo generacional casi insalvable.
Me explico. Desde pequeños, niños y niñas hemos mamado que mamá está con el mocho y papá (cuando teníamos la suerte de verle) en el sofá con el periódico o en el bar tomando el vemutillo.
Nuestros juguetes eran meccanos y coches teledirigidos para los niños y muñecas y juegos de maquillaje para las niñas. las niñas jugaban a papás y a mamás y los niños huían de ellas si el juego en cuestión no incluía meterles mano (como papá a mamá el día 31).
Así, hoy nos encontramos con una realidad totalmente distinta que ha pulverizado nuestros esquemas.

Lo que antes asqueaba a los hombres (el trabajo, la fábrica, el cabrón del jefe) hoy lo desean las mujeres para sentirse realizadas.
Lo que antes aborrecían las mujeres (la cocina, el jaleo de los críos) hoy lo desean los hombres para participar más en la vida familiar.
Así parece que llegamos a un consenso, en el que la mujer debe trabajar igual que el hombre para poder aportar solvencia a la familia y el hombre debe participar en las tareas de casa y el cuidado de los hijos para ser un engranaje importante en la maquinaria doméstica.
Bien, no? Armisticio, igualdad y amor.

Pero no todo es tan sencillo!
Incluso la vida moderna adopta tópicos.
No hay igualdad, todavía, de oportunidades laborales entre hombres y mujeres.
Si bien es cierto que la incorporación de la mujer al trabajo es cada vez más importante, también es cierto que la media de calidad de estos empleos es peor.
Siempre hablando estadísticamente, una mujer gana un sueldo hasta un 30% inferior al de un hombre en trabajos de similares características. Esto, creo, obedece a la oligarquía que reina en muchas empresas, conservadurismo carpetovetónico que sentencia que si la mujer quiere trabajar será en estas condiciones, sólo por ser mujer. Y si no le gusta, pues a fregar platos. De modo que, ya que el gobierno no estipula un sueldo máximo para mujeres, ello a la fuerza tiene que venir de políticas internas de las empresas.
Estas prácticas lamentables (que muchas veces obedecen más a oportunismo económico que a verdadero machismo) llevan a pensar que los hombres somos las bestias pardas de la evolución humana.

La guerra no termina aquí. Cierto que la “inserción” (permitidme las comillas) de la mujer en la vida activa proporciona una cierta calma en el ambiente, aunque no deja de ser una calma tensa.
Los tópicos nos invaden. Desde los medios divulgativos se nos inculcan estos tópicos, un auténtico aluvión mediático que separa masculinidad y feminidad de forma demasiadas veces hostil.
Así tenemos los deleznables anuncios de cierto desodorante masculino que parece tener un ingrediente en su composición que anula la voluntad de las mujeres, convirtiéndolas en pedazos de carne con agujeros en zonas estratégicas, faltas de toda capacidad de decisión.
En contrapartida, un anuncio de electrodomésticos alecciona a las mujeres sobre la necesidad de desechar un marido acogiéndose a la garantía de su lavadora, pues es tan fácil su uso que seguro que la tara la tiene el marido si no la sabe hacer funcionar.
Y eso es sólo por poner dos ejemplos, no se vaya a alargar esto mucho más de lo que se está alargando ya.

La literatura no escapa tampoco nos salva de la diferenciación.
“Las chicas son de Venus, los chicos de Marte”, “Por qué los hombres no saben hacer dos cosas a la vez y las mujeres no saben leer en los mapas”. Estos libros, que para mi gusto están a la altura del más rancio de los tratados de autoayuda, constituyen al menos un divertimento nada partidista aunque eminentemente peligroso si se toma demasiado al pie de la letra.

Tópicos como “las chicas guapas son todas unas lerdas” y “los chicos guapos no son de fiar” denotan una incultura tan grande que me avergüenza pertenecer a la misma especie animal que quienes lo vomitan.
Mención aparte merecen aquellas que cuando uno, en privado o en público opina “joer, que fea que es esta mujer/chica/tía”, siempre, indefectiblemente, salta alguna diciendo “va, hombre, pero es muy buena tía”. Siempre que oigo esta coletilla estallo en risas y contesto “Si, vale, pero yo no hablaba de eso. Cuando diga que no es buena tía, dime que sí lo es”. En cambio, cuando uno dice “joer, hay que ver lo feo que es este tío” siempre sale una a decir: “Es verdad, tiene cara de sapo”

Más allá de esto está lo realmente peligroso. La radicalidad.
Me parece horrible la política de ciertas publicaciones que instan por separado (por supuesto) a hombres y mujeres a tratar al género opuesto como un mueble sin voluntad, excesivamente obsesionadas con lo malos y tontos que son los hombres y lo pérfidas que son las mujeres aunque buscando bien se encuentre “ganado de primera” cuya facilidad oscilará en función de lo bien que un machote desarrolle los ritos sociales que invariablemente desembocarán en un catre.

Manifestaciones todavía más peligrosas en las que cuatro mal folladas, lesbianas reconvertidas, convencen a las nuevas generaciones de chavalas de que no necesitan para nada a los hombres si saben escarbar y encuentran su “botoncito de la alegría”, discriminando al varón y presuponiendo que un miembro sin articulaciones nada bueno puede traer consigo.
Ni que decir tengo que por el contrario, muchos hombres, alarmantemente jóvenes, despotrican de las mujeres al primer desengaño, ya que en su estúpido orgullo de macho ultrajado no son capaces de ver que no son capaces de estar a la altura en una relación y antes de reconocer que es uno quien tiene que adaptarse a los tiempos prefieren opinar que todas las mujeres se han vuelto unas putas (excepto, claro, sus santas madres que tantos calzoncillos habían lavado).

Pues chicas, los hombres son necesarios. Y no sólo sirven para tenerlos guardados y sacarlos únicamente para perpetuar la especie. Claro que existen los bancos de semen, pero seamos sinceros, el que un sexo puede estar sin el otro es una soberana gilipollez.
Si mañana separasen a ambos géneros y pusieran a los hombres en América y a las mujeres en Europa, ellas no tardarían ni dos semanas en colonizar las zonas rurales y hacer del pepino la joya del producto autóctono y ellos se acoplarían hasta en los tubos de escape de los coches en marcha.

Lingüísticamente, lo cierto es que urge un cambio de costumbres en la jerga cotidiana. Alguien se ha parado a pensar en lo que cambian ciertas palabras dependiendo de si se dicen en masculino o en femenino? Por ejemplo:

Guarro: Hombre que no se lava.
Guarra: Puta

Zorro: Hombre astuto
Zorra: Puta

Fulano: Uno cualquiera
Fulana: Puta

Perro: Hombre gandúl
Perra: Puta

Puto: Hombre que las mata callando
Puta: Puta

Esto, amigos, clama al cielo.
Este es el legado cultural que debemos a nuestros ancestros? pues vamos arreglados.

Pues eso. De todas las guerras estúpidas, la guerra de sexos es la que más estúpida me parece y quienes la libran, personajillos reprimidos que quiero bien lejos de mí. Me aburren y me asquean.

Disculpen el ladrillo, pero como escribí unas entradas más abajo (hace seis meses) son ustedes libres tanto de leerlo como de publicar un comentario llamándome de plasta para arriba.

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~ por nubus en Viernes 17 marzo 2006.

5 comentarios to “La más estúpida de las guerras.”

  1. Me ha recordado como era la vida en casa antes.

  2. Lo primero disculparme, pq creo que esta es la respuesta más dispersa que he dado en mi vida…

    En nuestra sociedad existen montones de tópicos aplicados tanto a los hombres como a las mujeres… Por un lado todos los hombres somos infieles. Axioma básico. Por otra parte todas las mujeres son unas arpías. Axioma básico también. Ahora, una vez establecidas estas bases podemos ir desarrollando la relación tópica entre sexos.

    Vivimos en un país mayoritariamente machista y claro, como dices, eso se manifiesta en el lenguaje… Me gustaría añadir algunas más a la lista que has presentado, expresiones también cotidianas…

    -Cojonudo -> de cojón (testículo): algo muy bueno.
    -Coñazo -> de coño (vagina): algo muy pesado o cansino
    -¡Es la Polla! -> de pene: algo es genial.
    -Chuminada -> de chumino (vagina): algo sin importancia.

    Y miles más que usamos generalmente de manera subconsciente.

    Además, una cosa si que tenemos que reconocer. Hay más “machos de verdad” que “feministas histéricas”, y todos sabemos como actua un “verdadero macho” cuando ve amenazada su supremacia masculina (generalmente de derechas y católica, por cierto)… lo que a veces olvidamos (quizás por discriminación positiva), son los argumentos que puede blandir una “feminista verdadera” en contra del género másculino.

    Sinceramente, en este caso por lo menos, los extremos sí se tocan.

  3. Precisamente lo malo es que lo extremeos se pelean demasiado y no se tocan lo suficiente XD.

    Como digo, urge un cambio de costumbres y de educación para la próxima generación, la que todavía no sabe de discriminación por sexo ni de ninguna otra clase.

    Al fin y al cabo encuentro el feminismo radical muy fuera de lugar, aunque el término es redundante ya que todo feminismo es tan radical como el machismo y está muy lejos de llevar a la igualdad.

    Presuponer que un hombre es un cerdo machista hoy en día sólo porque lo fueron nuestros padres (las mujeres antes también eran machistas) me recuerda a un chiste muy tonto:
    Se trataba de un asesino en serie que sólo mataba judíos. todo el mundo creía que eran ataques neonazis hasta que le pillaron y al interrogarle:
    -Pero oiga, usted por qué mataba sólo judíos?
    -Porque ellos mataron a Jesucristo.
    -Pero eso fue hace casi 2000 años!
    -ya, pero yo me enteré ayer.

  4. El feminismo tiene el mismo efecto sobre los hombres que el machismo sobre las mujeres.

    Un machista atacará a cualquier mujer liberada por trabajar, conducir o simplemente pensar. Una feminista atacará a cualquier hombre calificándolo de cerdo, machista o “mediastintas” de manera preventiva…

  5. Nunca creí que lo diría pero Estoy de acuerdo con covecillo…xD

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