Mal estamos…

Anoche, rebuscando entre viejos papeles (maldita mudanza eterna la de los que no tiran nada) apareció ante mí un pequeño bloc de color rojo, cuadriculado, un primor de la industria papelera, que solía llevarme en mis eternos viajes matutinos a Sant Cugat (en el tren de las cinco de la mañana, un asco, oyes) en el que hacía dibujillos y escribía estupideces de mayor o menor calibre, casi siempre bajo el espeso influjo del THC. Es que a uno siempre le ha gustado cuidarse y… ¿qué mejor a esas tempranas horas que una caja de filipinos y un petardo para afrontar la aburrida tarea de un peón de mantenimiento en un centro comercial?

El caso es que en ese bloc encontré un manuscrito de debí escribir en un desmayo (quizá ese día me salté los filipinos y fui directamente al postre) y que leído a día de hoy (o de ayer, más bien) me hace plantear ciertas cosas:

1- Que la droga es mala.
2- Que puede ser hasta sonrojante encontrar ciertas reliquias en el fondo de los cajones
3- Que los caracoles, pese a ser cornudos, arrastraos y babosos son afortunados porque no tienen problemas de vivienda.

Bueno, pasaré a transcribiros tamaña gilipollez ya que me hizo gracia releerlo y así de paso aprovecho la ola de surrealismo que está asolando mi querido foro de Ángeles Caídos para ponerme a la altura de las circunstancias:

Lectura del Evangelio según San Feliu de Llobregat

En aquel tiempo dijo Jesús a sus discípulos:
“Me ví a cagá en vuestra putísima hermana, que esto no es Judea ni Sebastopol y mucho menos un peazo terruño donde podais defecar a vuestras anchas”
Eso lo dijo a voz en cuello, calzándose sus gafas de sombra y sin darse ninguna importancia, lo cual no restaba mérito a sus palabras ya que siendo como era un ser de más tres metros de alto, con siete dedos en cada uña y los pies muy cerca de los tobillos, poseía además otras raras habilidades que omitiré en beneficio del orden público y la corrección de formas.
Por supuesto, ya que hablo del tema, no puedo obviar la bonita historia que aconteció a mi pobre padre que desgraciadamente era más pobre que padre, aquel aciago día en que andando por la calle (no recuerdo qué calle pero sé que era una calle porque había coches) encontró sentadito en un banco un polo de acelgas, no recuerdo de qué marca, que lloraba desconsoladamente.
“qué te pasa, amigo?!” preguntó mi padre al ver las lágrimas de aquel insignificante subproducto de agua, colorantes de distintos tonos de verde y un 5% de acelgas revenidas. “es que eres pobre como yo? no pierdas la fé, amigo. llegarán tiempos mejores y todos podremos disfrutar de una vida más grata en la que viviremos en un país donde nunca tendremos frío ya que nos cubrirá una funda de plexiglás que el gobierno nos cederá amablemente y podremos tener un orgasmo tras otro sin alimentarnos más que de leche de pulgón. No te parece esperanzador?”
A lo que el polo de acelgas, al que a partir de ahora llamaré luisito si es que le vuelvo a nombrar, respondió, visiblemente afectado: “Pero qué dices, empanao! si estoy forrao de pasta. lo que pasa es que me estaba acordando de mi tio al que en su barrio llamaban antoñito el cariñoso, porque tenía las uñas de los pies de una longitud nunca vista”
Le relató la desgarradora historia de su ungulado tío, que más que tío era un primo lejano del señor del kiosko donde su padre compraba cada día el desaparecido periódico “En la esquinita te espero”, aunque no venga mucho a cuento.
El hombre, trabajador y voluntarioso, encontró un trabajo en la construcción de una pirámide en memoria de Manolo Benitez de García y Bernabé fuera quien fuera el interfecto, con la única condición, de tan bueno que era, de recibir su salario en ladrillos defectuosos ya que su única ilusión era algún día tener una pequeña casita para él y su perrito andrés, que tenía pezuñas en lugar de pies, donde podrían vivir felices el resto de sus días aunque tuvieran que conformarse con comer palomas de la Plaza de Catalunya en lugar de perdices, cosa que le agradaba porque una vez se le saltó un diente al morder un perdigón que se encontró dentro de una anchoa del alto pirineo.
Mi padre y el polo, no sé si le iba a llamar luisito o qué, lloraron juntos hasta que mi padre se dio cuenta de que el polo no lloraba, sino que se estaba derritiendo porque cinco minutos antes había llegado el verano y hacía un calor de cojones.
Pero yo a lo que venía era a contaros un cuentesico de la peor calaña, pero con tanto paquipallá me he olvidao, aunque recuerdo que iba sobre un lejano país gobernado por un rey que se parecía a los hermanos calatrava (a los dos, no sé por qué) y tenía una hija (y por ende princesa) que era tan puta y tenía la figa tan esgarrá que sus súbditos hacían cola para meterle la mano hasta el codo para ver si encontraban lo que habían perdido por ahí dentro, desde un jubón de tergal hasta una cajita de esas pelotitas negras que hacían ñiñiñi si se les soplaba al oído con suficiente fuerza.
creo que eso rera todo, así que colorín colorao, ahora sí que tas pasao. y si no te gusta te lo compras acolchao.
Moraleja: Nadie me cae mejor que la sarita montiel, que tiene el chocho en la cara de tanto estirarse la piel.

y esto es todo lo que había. Es que el tren llegó a Sant Cugat y el olor al delicioso café que hacían en el garito de la estación me llamaba, me llamaba.

y fui.

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~ por nubus en Miércoles 10 enero 2007.

4 comentarios to “Mal estamos…”

  1. Y fuiste…..Lástima que fuiste, porque de haber continuado con este ejercicio de prosa psicotrópica hoy dia saldrías en los libros de historia como el hombre que más personas ha matado a carcajada limpia….Joder!!!!!!!….;)

  2. El problema de las cajas es abrirlas sin saber lo que tienen dentro…

    Nunca sabes por adelantado que recuerdo infernal te va a asaltar.

  3. xDDDDDDDDD colgaooooo!!!!

  4. Pues mira tu, me has dado envidia, ahora voy a fumarme un peta, ja

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