Si Amor fuese palabra esdrújula.

Dame tu estupendez y un pergamino, siendo el acusado la latita de atún que dejé en tu mesita derecha, aquella que sin evitar subir la lavadora por el ascensor de servicio andaba dando tumbos al filo de los estornudos de un perro atorrante, que sin oficio ni otras consideraciones posteriores, untaba paté de moscas en las magdalenas de tu desánimo.

Ten en cuenta, sin embargo, que es necesario que indagues con ahínco acerca de la superpoblación de calcetines de rombos en aquellos aciagos días en que las industrias conserveras conservadoras conservaban a los conversos entre largas conversaciones. 
Cosas de la involución, supongo, aunque no estoy del todo seguro de que sea un aye-aye en celo. Si he de serte sincero, lo sé… pero no me atrevo a afirmarlo porque estoy empezando a embelesarme con la belleza de tu colección de triciclos.

Por supuesto, no dejes de recordar la calculadora alimentada por energía centrípeta que un día nos unió, pero al fin y al cabo… qué más da? En serio! Siempre nos quedará la sobrasada de cabrón, aquella misma que en tiempos de guerra ostentaban las viejas roñosas que desfilaban balanceándose en mis ineptitudes hasta darse de bruces con hondas tristezas meta-cristianas.

No dejes que la tiña se apodere de tu páncreas! 
No dejes que los placebos se entremezclen con tus concavidades!
No!
De verdad!
No vale la pena ser lo que fuiste si un día soñaste que hubieses podido ser amiga de mi mechero de gasolina normal. 
Tuve uno de gasóleo de calefacción, pero el invierno pasado ardió, dejándome aturdido en la cuneta hasta que apareció aquel que tenía que aparecer en ese mismo instante, quien me regaló sus escasísimos bienes, a saber, una moneda de tres yenes, un carromato de bacon con nata y unos segundos de priapismo que me hicieron sentir tan feliz que tuve que partir todas las galletas a trocitos.

De modo que, para resumir un poco todo lo que se dijo en el tratado de la facción peninsular de Bangla-Desh, trataré de explicarme con toda la claridad que me permitan los chorizos que emergen de tus fosas nasales.

Para empezar a entenderlo todo debes abrir tu mente y dejar fluir a los cocodrilos que pastan bajo tus adorables amígdalas, y hecho esto, prestar atención a la conversación que tuve con un zapato londinense:

– Hola!
– Te conozco?
– Tú eres un zapato…
– Lo sé. Siempre lo he sabido. Y no me avergüenzo
– Pero estás hablando.
– Cierto…
– Pero los zapatos no hablan!
– Entonces qué haces hablándole a un zapato?
– Tienes razón, ya no te hablo.
– Antipático!
– Por qué me insultas?
– Porque no me hablas.
– Cómo quieres que te hable si eres un zapato?
– Eso no es motivo para ser desagradable.
– No habíamos quedado en que los zapatos no hablan?
– Quién ha dicho eso?
– Tú.
– No, yo he preguntado qué haces hablándole a un zapato.
– Y?
– Y nada, sólo era curiosidad. No todos los días se ve a un tipo hablando con un zapato.
– En eso tienes razón.
– Le das la razón a un zapato?
– Bueno, es un caso excepcional…
– Hablar con un zapato?
– Al menos lo es el hecho de que un zapato tenga razón.
– Qué?
– Qué de qué?
– No te he oído, acaba de pasar una mosca del vinagre.
– Y eso que tiene que ver?
– Es que soy de Londres.
– Acabáramos! No entiendo nada.
– Por qué te extrañas? Hay muchos zapatos en Londres.
– Y todos hablan?
– No, los zapatos no hablan.
– Pero tú hablas.
– Sí.
– Y eres un zapato.
– Sí, y de Londres. 
– Ya me lo habías dicho.
– Claro, pero tú no lo habías entendido.
– Y sigo sin entenderlo.
– Londres está en Inglaterra.
– Lo sé.
– Y en Inglaterra hay zapatos.
– Como en todas partes.
– Lo entiendes ahora?
– …
– Espera!
– Qué?
– Mi paraguas! 
– Qué?
– Había quedado con él para ir al cine.
– Al cine?
– Si… Quiere ver “Los paraguas de Cherburgo”. Dice que el protagonista está bueno.
– La película no está mal…
– Bueno, la verdad es que yo prefería ir a “Las Sandalias del Pescador”…
– Lógico.
– Hola!
– Hola, cari.
– Ejem… Hola!
– Sueles hablar con los paraguas?
– Oh, yo sólo hablaba con tu… novio?
– Hablando?
– Sí.
– Los zapatos no hablan. Y tú, te tengo dicho que no hables con desconocidos.
– Sí, cari.
– Vamos, no quiero perderme los créditos.
– Si, cari. Adiós, amigo.
– Adiós, zapato. Adiós, paraguas.
– Los paraguas no hablan.

Sólo espero que hayas sacado alguna conclusión porque lo cierto es que desde aquel día siento el corazón lleno de escarabajos, el hígado no me soporta y yo sólo tengo ganas de comer pipas con sabor a vichysoisse.
Al menos pude captar la moraleja que se escondía tras aquel argumento impagable que nunca pedí pero que tuve que soportar porque no tenía más remedio que coserme el forro de mi cajita de apagavelas al dorso de una estampa de San Nicolás del Puerto, tan guapo que era y sin embargo con el ano tan lleno de forúnculos. A él le rezo para que el amor sea, algún día, palabra esdrújula.

Extraído del bloc de notas rojo.

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~ por nubus en Viernes 10 octubre 2008.

8 comentarios to “Si Amor fuese palabra esdrújula.”

  1. *bows to the master* hah.

  2. Los zapatos hablan todos, sin excepción. Generalmente suelen tener conversaciones sobre las motas de polvo que se les meten en las rendijas o sobre la orina de perro que puebla las aceras, pero yo tuve unos mocasines que sabían silbar y todo.

  3. Duda latina resuelta, gracias! Me imagino que les pasa lo mismo que a los yankis con el inglés de la reina. Renegando e su pasado colonial y esas cosas. Así les va.

  4. Jaja, seguro que Karl se suena los mocos con billetes de 50 dólares

  5. Muchisimas gracias! Que Crom le proteja en mil batallas, caballero!

  6. he perdido un zapato… ¿No lo habrás visto? es de cristal…

    tan absurdo es que los zapatos hablen como que el amor sea esdrujulo…aunque claro, los cuerdos son muy pocos, a parte de aburridos.

  7. A ver, sapaton. ¿Piensas renovar algun dia o que?

  8. hola a todos

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